2023/09/26

Diciendo adiós a Twitter

Buenas gente. Tras mucho tiempo fuera (¿alguna vez empiezo una entrada de este blog con otra frase?), ¿qué os parece si, como cantaban Platero y tú, paro en el camino, me echo un cigarro simbólico y pienso un poco en lo que ha pasado estos años?

Y, de paso, anuncio que dejo Twitter.

Así, encendemos el cigarro de hierba de San Juan, damos la primera calada que nos llene los pulmones y dejamos que la hiperforina empiece a hacer su magia mientras miramos al pasado.

¿Que cómo sé que hay más hierbas para fumar aparte del tabaco y el cannabis? No sabéis lo mucho y de cuántas cosas diferentes hay que estudiar para llevar personajes creíbles a un rol en vivo o para escribir una novela.

Y ahora que estamos algo más tranquilos, veamos el por qué de una decisión que he ido posponiendo sin atreverme a ejecutarla.

La verdad es que las redes sociales son algo que nunca me ha convencido del todo. Permiten conocer a un montón de gente, y acceder a cosas que, de otro modo, sería muy difícil conocer. Mentiría si dijera que no he hecho amigos en redes sociales, gente con la que disfruto enormemente aunque no nos veamos demasiado. Ya sabéis, porque la vida adulta consiste en trabajar, pagar facturas, intentar seguir vivo y, después, todo lo demás.

Pero todo tiene un precio y, como suele decirse, "si te ofrecen un producto gratis es porque, seguramente, el producto eres tú". ¿Qué he pagado a cambio? Para ello, hay que entender que, en cualquier intercambio en internet, siempre hay alguien escuchando o tomando nota de lo que se dice. Ya sea un pago bancario o un correo electrónico que mandas a un conocido, siempre hay un servidor, una máquina en el medio que se encarga de que ese intercambio sea posible.

No hay nada malo en ello, y es el componente fundamental de la era de los buscadores de internet. Muchas de las veces hay un compromiso de mantener en secreto el intercambio. A pesar de lo que alegan algunos abanderados de la libertad, incluso quienes no tienen nada que ocultar necesitan mantener algunas cosas en secreto, como el balance de su cuenta bancaria o con quien hablan. Yo soy el primero que tiene cosas que ocultar: proyectos secretos, regalos que estoy planeando, cuánto cobro al mes o a dónde me voy de vacaciones, por mencionar cuatro datos más o menos irrelevantes de los que no me gusta hablar, si no es en confianza.

¿Divago? Puede. Sigue conmigo y veremos hasta dónde llego en este laberinto en el que parece que me estoy metiendo.

Pero, ¿qué pasa cuando, por la forma de ser del servicio que usas, no es posible mantener el secreto? Si yo quiero publicar un tuit, la propia naturaleza de Twitter hace que sea imposible, salvo que use una cuenta privada, lo que me parece que acaba con el principal atractivo de Twitter: una plaza pública donde cualquiera puede venir y decir lo que le parezca.

Y aquí está el primero de los problemas: cualquier persona puede venir y decir lo que sea. No tiene por qué ser interesante, ni siquiera tiene que tener sentido. Puede ser la mayor barbaridad que te puedas imaginar, sin ninguna clase de filtro y con el añadido de cierto anonimato, lo que alienta a decir lo primero que se piensa.

¿Una calada? Creo que te hace falta, te oigo pensar "ahora es cuando quiere hablar de limitar la libertad de expresión" y no voy por ahí aunque, si quieres, hablamos de lo poco importante que nos parece el racismo hasta que estamos en el lado de los que lo sufren, que entonces pedimos el equivalente discursivo de bombardear Hiroshima.

Y digo racismo, pero también puedes elegir machismo, homofobia, transfobia, xenofobia (el "inmigrante de Schrodinger" sigue siendo mi paradoja favorita), aporofobia o temas más serios de los que podríamos llenar páginas.

En fin, que ahora sí estaba divagando, sigamos.

El problema de la plaza pública es la cantidad de gente que hay. De ruido, a falta de un nombre mejor. Incluso limitándolo, es un bombardeo de información constante, de todo tipo y en muchos formatos. Ya sea Twitter, Instagram, Tik Tok, Facebook o el veneno de tu elección, la información no para de llegar. Incluso leyendo en diagonal es mentalmente agotador, aunque sea unos minutos. Se trata de información fragmentada en muchos casos, de la que falta contexto y rara vez pasa de ser pinceladas sueltas en un lienzo inmensamente grande.

No me dedico a la psicología, pero la sensación que tengo muchas veces es la misma que cuando en el trabajo me hablan varias personas a la vez, que hay que estar pendiente de muchas cosas al mismo tiempo. Y aunque domines la multitarea, te agota e impide concentrarte a medio plazo en otras cosas, al haberte acostumbrado a tratar con cosas que requieren poca concentración y son inmediatas.

Quienes me conocen saben que me gusta la música, y dedico horas y decenas de escuchas a las canciones, temas o composiciones que me gustan. A veces, fijándome solamente en un instrumento, un ritmo o esperando una inflexión interesante en un momento determinado, lo que hace que cada escucha activa de la canción pueda ser algo más intensa con cada nuevo análisis. Es algo de lo que me gustaría hablar alguna vez pero que es complicado expresar en publicaciones de redes sociales (que no sean blogs) porque requiere una preparación y, sobre todo, una atención por parte de quien lee que no suelen encontrarse, más allá de una lectura diagonal o de la respuesta típica y graciosa de "mucho texto".

Sienta bien respirar hondo, ¿eh? Parece mentira que tengamos que engañarnos con algo como un cigarro para respirar profundo y relajarnos.

Veo otros inconvenientes, aunque estos son más... De diseño, por decirlo así: scroll infinito, que nos lleva al doom scrolling, al refuerzo intermitente de las publicaciones y al click-bait en las publicaciones de texto; algoritmos heurísticos, que nos encierra en cámaras de eco, no sólo políticas, sino de aficiones o de amistades; cambios en las interfaces, que obligan a re-aprender lo que ya se estaba usando...

Al final, te das cuenta de que has obtenido muchas cosas buenas, pero también muchas cosas malas y te preguntas si te merece la pena seguir. En mi caso, las redes sociales, como las estaba usando, no son lo que busco.

Sé que suena a que podría cambiar de opinión, ¿por qué elegir entonces la opción de dejarlas si hay formas diferentes de usarlas? Porque, como con una mala relación, a veces lo mejor que se puede hacer es cortar por lo sano. Tened en cuenta que los motivos que he dado son funcionales, sin entrar en los términos y condiciones de uso, la compra-venta de datos, los algoritmos que impiden que elija lo que quiero ver (no veo la mayoría de lo que publica gente que sigo) y la relación de Twitter con su actual dueño y CEO en la sombra, que me hacen pensar que será una red que cada vez me interesará menos.

Así que llego a la encrucijada y tengo que elegir entre quedarme y que mi interés (y mi salud mental) decaigan poco a poco o seguir por otro camino diferente.

Ahora es cuando damos una calada honda y fingimos pensar qué solución es la mejor mientras miramos intensamente al horizonte.

Bromas aparte, empecé a usar Twitter en el confinamiento, como una ventana a un mundo cada día más pequeño. Descubrí muchas cosas interesantes, me animó a volver a imprimir y pintar, conocí buena gente (a la que no voy a dar la espalda) y evitó que me hundiera en un pozo del que no creo que hubiera salido por mi cuenta.

Pero, por suerte, ese momento ya ha pasado. Estuvo bien, fue interesante, pero se ha acabado. Hora de seguir mi camino.

¿Qué va a pasar ahora? Seguramente bloquee o privatice mis cuentas: con tanto script-kiddie buscando cuentas que usar para embaucar incautos con criptocosas, seguramente tenga que asegurarme de no sea fácil loguearse en ellas. Dad por hecho que dejarán de tener actividad antes de que acabe la semana.

De momento me quedaré solamente con mis blogs. Me he dado cuenta de que disfruto mucho más escribiendo cosas largas, en formato entrada de blog, que lo que disfrutaba escribiendo hilos de Twitter. Además, tiene el aliciente de poder meter imágenes propias, dedicarle el tiempo que quiera y la extensión de las entradas cribará a quien no quiera leer nada más largo de 280 caracteres.

Posiblemente me encontréis por Instagram cuando ponga en marcha el taller en octubre-noviembre. No voy a prometer nada, por si acaso, pero le he dado un par de vueltas y puede que me convenza para algunas cosas. Ya veremos.

Por lo demás, quien quiera encontrarme no lo tendrá demasiado difícil. Nunca he sido difícil de encontrar.

En fin, se ha acabado el cigarro y toca volver al camino. Para quienes se queden, nos vemos en otro sitio y buena suerte: con lo que he visto anunciado es probable que os haga falta. Para los que van a irse, ánimo: cuesta menos de lo que parece. Y para los que se han ido, yo también debería haberlo hecho hace mucho tiempo.

Así que bueno, cuidaos mucho, sed buena gente, seguid haciendo cosas interesantes, bonitas y que os alegren y nos vemos en otro sitio. Mejor, espero.

¡Hasta la vista!